Pocas cosas me gustaban tanto como quedarme a dormir en casa de la abuela. Era un lugar misterioso, con sus cajones, libros y secretos expuestos a mis garras, a mi curiosidad infantil. Los objetos antiguos, la infinidad de latas de contenido enigmático y una enorme biblioteca me hacían pasar horas de entretenimiento. Había mucho por explorar, pero nada me movilizaba tanto como la profanación de la enorme heladera.
Mientras investigaba el mundo de mis abuelos engullía cualquier cosa que me llamara la atención. En aquella gigantesca nave blanca podía encontrar orejones, ciruelas, manzanas, pequeños flanes, aceitunas, granos de choclo, queso, mermelada, compota, pickles, y otros alimentos ocasionales o restos que se amontonaban en su enormidad.
Era una heladera de las que, según mi abuela, “duran toda la vida“. Solo había que evitar la apertura indiscriminada de su puerta y los cortes de luz. Tenía una manija enorme, metálica, que tuvo que ser forrada en una goma aislante porque aunque el aparato era bueno y familiar a veces se ofuscaba y propinaba unas leves descargas eléctricas. Durante mis primeros años tuve prohibido el contacto con la manija, pero cuando llegué a una altura considerable y adquirí la conciencia suficiente como para usar pantuflas, pude transgredir la prohibición sin problemas.

Recuerdo que disfrutaba las normas de la casa, jugaba y me adaptaba con gusto a la hora del Té, los bizcochos de la media tarde, la cena y las facturas del desayuno. Fuera de esos horarios, las horas se me consumían leyendo. Exploraba libros de todo tipo, siempre con algo de comer a mano y un vaso de amargo serrano aguado, bebida a la que solo podía acceder en esas visitas.
Cuando me cansaba de los libros curioseaba entre colecciones de revistas y algunas Selecciones Reader Digest que parecían siempre salidas del mismo molde. (“Fue mordido por veinte tiburones pero sobrevivió”) En lo alto de un armario había una gran colección de Patoruzitos, historietas que leía de a fajos, pues la abuela, en medios de rezongos y desde un banquito, me alcanzaba seis o siete juntas para todo el día.

Al volver la vista al mundo infantil me refresco y explico muchas características de mi persona. Pero en medio de las evocaciones míticas siempre surge una anécdota que roba situaciones de la memoria general y las conjuga en un hecho puntual.El suceso que me marca se produjo durante una de mis visitas. En aquella ocasión me sentí bastante decepcionado pues la abuela, en medio de una enfermedad, no había podido ir a la despensa. La heladera estaba lo suficientemente vacía como para no hallar nada interesante. Desanimado ante tamaño hueco, solo saqué el amargo serrano y una botella de agua fría que no tenía etiqueta. Luego metí mis manos en el tarro de las galletitas y extraje una pila de las de salvado.

Me senté en el sillón de la biblioteca, elegí un libro de cuentos con arabescos en la tapa y comencé a leer una historia maravillosa, abundante en pócimas mágicas y visires. No pude terminar, pues había algo que me molestaba. Una sensación extraña, como un leve vahído, me robaba el acostumbrado bienestar. Guardé el libro y cambié de actividad.
Pasé otro largo rato divirtiéndome con dos mazos de cartas y un centenar de fichas de casino. Trataba a los naipes con extremo cuidado y en mis juegos procuraba no perder ninguna ficha. Conocía el valor de aquellos objetos, por eso me gustaban. Eran las herramientas sagradas que mi abuela y sus amigas utilizaban en algunas noches de timba y riña. Sin embargo, esa sensación no desaparecía. Algo estaba mal.
Sentado en el piso, masticando las últimas galletitas de salvado, intenté descubrir la causa de mi malestar pero no pude. El amargo se me había terminado. Con la boca empastada fui hasta la cocina y con un poco de cada botella, me preparé otro vaso lleno. Agua, amargo serrano y hielo. Me imaginaba que aquel líquido era alguno de los tragos que solo podían tomar los adultos. El amargo tenía color té y me lo servía en un viejo vaso de whisky. La simulación era perfecta.
Sin embargo, aquella tarde seguía siendo deprimente y aburrida. Mis intentos eran vanos, era imposible encontrar la mancha que me teñía el ánimo y arruinaba cualquier diversión. Tal vez la enfermedad de la abuela me había manchado el ánimo sin darme cuenta. Solo restaba comer y, como cualquier otro niño, esperar que el destino solucione la molestia.
Para terminar de pasar las galletitas tomé un trago largo de amargo y sentado en la cocina, de pura gula, me puse a beber, de a sorbitos, lo que quedaba en el vaso. En ese instante la sensación de incomodidad se hizo más fuerte. El amargo serrano tenía un gusto distinto al habitual. La abuela no había cambiado de marca, pero un gusto sucio, barroso, lo hacía diferente. Debía ser el agua.

Antes no había sentido la diferencia de sabor debido a la pasta de masa y salvado que tenía en la boca, pero ahora, moviendo la lengua como un catador experto, intentaba dilucidar el origen de aquella hiel que me confundía. El líquido se terminó, pero mi lengua y paladar seguían desconcertados.
Me resigné y malhumorado interrumpí la siesta de la abuela. En voz baja, para no aturdir, le dije que el agua, la de la botella sin etiqueta, tenía un sabor extraño, semejante al agua de pozo. Ella me miró, semidormida, y me dio una solución simple: tomar agua de la canilla con hielo. La respuesta no me conformó, pero no tenía otra alternativa. Además no quería molestar a la vieja que se estaba recuperando.
Cuando cerraba la puerta de la pieza noté movimientos y escuché que la abuela tiraba remedios y pastillas intentando prender la luz del velador. Encendí la luz grande y la vi con los ojos abiertos, enormes, mirándome fijo. Por un instante creí que la abuela se hallaba ante un cuadro de pre-infarto o algo similar. La esperé y tras algunos manotazos la vieja reaccionó. Me preguntó como era la botella de agua y se la describí. Cada detalle le dibujaba un surco de pánico en sus facciones.
El interrogatorio explicó mi malestar. A partir de ese momento corrieron mares de tilo y se reiteraron las llamadas telefónicas. No bastaban los consejos médicos ni la supervisión de padres, tíos y pseudo-parientes. El resto del día lo pasé tomando gaseosas y comiendo algunos chocolates que limpiaban culpas. La abuela, ya recuperada de su enfermedad, tenía pendiente una visita al médico y precavida, ante su vejiga perezosa, había guardado una botella llena de orín para los análisis.

















Por un lado fuiste un precursor de la medicina moderna y por el otro ese “asco” te “durará toda la vida” como la heladera (de vez en cuando el hígado te pateará y no por electricidad). Muy buena redacción, te felicito.
un asquerosidad tan bien contada, aunque nunca mejor que con asado y vino de por medio, saldaste una deuda, gracias
una gran anecdota siempre presente.. pero yo pensaba que pensaste que era jugo de manzana.