NO PUEDO SER SERIO

Es increíble, pero no puedo ser serio, solo puedo simular serlo. En mi trabajo me tienen por “un tipo serio”, incluso algo malhumorado. Si supieran lo que tengo en la cabeza cuando planteo necesidades de “implementación de cambios urgentes en la gestión de tal cosa, articulando con tal otra y considerando equis circunstancias”.

Mi seriedad es un mecanismo de defensa, una máscara absolutamente artificial, construida por mi carencia de seriedad real.  Para lo único que estoy alerta es para encontrar detalles curiosos, para imaginar situaciones ridículas, para reír.

El problema de la falta de seriedad es la indefensión, el humor me expone y tira abajo cualquier barrera de moralina, profesional o de respeto de jerarquías. Si me quitara la máscara de señor responsable se develaría el payaso burlón e inconsciente que me gobierna, ese que me lleva a detenerme en las migas de galletitas en las comisuras de una chica linda, en el capuchón mordisqueado del ejecutivo más pulcro. Es el ser que me provoca carcajadas cuando alguien lanza grititos histéricos a cusa del café derramado sobre expedientes o documentos importantes o que me impulsa a disparar bollos de papel a la autoridad mas engominada.

Me ocurre lo mismo con la literatura. Puedo simular estar serio, incluso tengo la virtud de mezclarme bien en cualquier reunión de escritores y pasar desapercibido. De todos modos no sé cuánto tiempo podré resistir en la cordura. El payaso, que por ahora soporta con resignación las horas de reclusión, se rebela cuando me preguntan sobre la “literatura comprometida” o cuando los exégetas de las formas marchitan cualquier obra, adulando o criticando pero sin discutir, sin arriesgarse a la risa ajena o a la ridiculización de fundamentos.  He intentado escribir con tono serio, pero el humor se me sale por las ranuras del alma y lo enchastra todo.

 

No puedo abordar el drama ni la tragedia sin humor, me resulta imposible leer o escribir sin mezclar lo terrible con el placer, la risa con el dolor, es la única forma de creerme lo que escribo y es el único modo de aceptar como verosímil aquello que leo.

Por ahora la mascarada funciona, pero nunca estoy seguro. No creo que el payaso grite por la revolución, a lo sumo me presionará mas con su lengüita de papel o me molestará, en medio de una reunión importante, con su margarita rociadora de agua.

Ahora no me queda otra alternativa fruncir el ceño y empujar al payaso hacia atrás para dejarlo en el fondo, con una libretita, obligado a tomar nota de los sucesos de los que reirá después, cuando me quite la máscara.

DIALOGO ENTRE EL CENTENO

-En este libro no pasa nada
-¿Cómo que “no pasa nada”?
-Eso, que es la historia un pibe malhumorado, que no hace otra cosa que putear
-Si, un pibe de dieciséis años
-¿Y?
-Que en ese libro pasa de todo, ese pibe de dieciséis años está descubriendo que la niñez se termina, que el mundo es un lugar sucio, que las relaciones humanas son un cúmulo de mentiras
-¿todo eso pasa?
-Sí, todo eso. Y lo que no pasa es peor, está latente. ¿No sentiste que la historia destila angustia?, ¿No pensaste que el pibe en algún momento se iba a matar?
-No sé, puede ser
-¿No te impresionó la imagen de un adolescente, apenas crecido, pero ya harto de la vida, sumergido en la mierda, adaptado a la hipocresía?
-La verdad que no
-Bueno, creo que en parte tenés razón, eso es lo bueno del libro.
-¿En que tengo razón?
-En que es la historia de un pibe que se la pasa puteando, y en la que aparentemente “no pasa nada”, aparentemente
-¡Es que no pasa nada!
-Bueno, no vuelvas a leerlo porque puede pasar algo

LOS VAHIDOS DE UNA FRASE

Hace unos días interrumpí la confección de un cuento por culpa de una frase.  No es raro, he abandonado decenas de cuentos a medio parir a causa de frases anudadas o debido a la torpeza  para expresar en el papel situaciones argumentales perfectamente resueltas en mi cabeza.

A esta altura, resignado a haber producido solo un nuevo bollo de papel, aprovecho para rescatar la frase y jugar con ella un rato. Sin intenciones, ni capacidad para exponer reflexiones teóricas acerca del grado cero de la escritura y su ruptura, la utilización literaria del adjetivo,  la censura previa de la cópula verbal  o el suicidio de los morfemas, solo pretendo merodear alrededor de la subjetividad al momento de escribir y, de paso, divertirme.

 La frase inicial es:

Era hora de trabajar. Juan caminó hasta los algodoneros.

 Si solo hubiese mencionado que “Juan caminó hasta los algodoneros” el universo de posibles interpretaciones (de no contar con otra información contextual) se agiganta demasiado:

 -          Juan quiere conocer los algodoneros.

-          Juan paró, en un viaje, y en búsqueda de un sitio para orinar se acercó a los algodoneros.

-          Juan es el patrón, que quiere controlar a los que trabajan en los algodoneros.

-          Juan va a fotografiar a los algodoneros

-          Juan vio algo que le llamó la atención y camino hasta los algodoneros

Y miles de etcéteras posibles.

 Por lo tanto la frase es:

Era hora de trabajar. Juan caminó hasta los algodoneros.

 Quiero dejar en claro, del modo menos ambiguo posible, que Juan trabaja en la cosecha de algodón.

 

 Podría haber optado por otro orden:

Juan caminó hasta los algodoneros, era hora de trabajar.

Pero preferí la primera opción para destacar que Juan iba a trabajar como consecuencia del horario, quizá destacando un poco el carácter obligatorio del trabajo. Juan fue a trabajar porque era hora, no había otra motivación.

 Para agregar una imagen que ayude a mostrar que a Juan no le agrada su trabajo escribí la frase así:

Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros.

 Y para intentar connotar un poco más el sacrificio de Juan en la cosecha agregué un atributo a los algodoneros:

Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos.

 Así está bien, pensé. Pero tras releer la frase pensé en dotar a los algodoneros de un carácter un poco más profundo. Quizá un adjetivo que los relacione al mundo humano, al arduo trabajo, a la explotación. Por supuesto, debería “acumular” dos adjetivos, grave pecado. Pero  aunque “pinchudos” dice algo que quiero decir, no basta. La frase quedó así:

Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos, malditos.

Ahora hay dos adjetivos alineados pero uno habla de la planta, otro del mundo que hay alrededor de la planta. Los necesito a los dos.

 Solo por ánimo de ensayar alternativas, jugué con algunos adjetivos más:

Era hora de trabajar. El pobre Juan se desplazó, arrastrando sus miembros inferiores, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos.

Un exceso. Creo que la frase pierde fuerza y hay términos que sobran.

 Antes de borrar jugué un poco más y me puse técnico:

Era hora de ir al jornal. El indigente Juan se desplazó, arrastrando sus miembros inferiores, hasta los nacarados gossypiums herbaceums, espinosos, inicuos.

Un espanto. Quizá en otro contexto funcione, pero esta construcción no me agradó.

 En reacción a tecnificación y adjetivaciones podé todo y me vulgaricé un poco:

A laburar. Juan caminó, a las puteadas, hasta los algodoneros.

Creo que no quedó tan mal, pero no es lo que yo buscaba. En caso de usar esta frase me vería obligado a pensar de la misma manera todas las demás y temo que la vulgaridad en todo el cuento quede algo artificial, forzada. De todos modos no estaría mal probar.

 Para forzar los límites y enardecer a los cultores fanáticos de talleres literarios me ensaño con los adjetivos:

El sol, patrón cruel, le ordenó levantarse para trabajar. El pobre Juan, legañoso  y con el estómago hirviendo, caminó, arrastrando los pies, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos.

Y puede ser peor:

El astro rey, patrón impiadoso, gritó la orden de despertar, era hora de trabajar.  El pobre Juan, legañoso, con su estómago hirviendo y vacío, caminó, arrastrando sus pies amoratados, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos, nubes de un cielo de pesadillas.

 Si, parece un edificio rococó, un ornamento que de tanto mostrar no permite ver nada. Sin embargo, el jugueteo con las palabras me mostró un par de alternativas que se podrían analizar:

-          La aparición del sol en reemplazo de la hora, como elemento natural, quizá más acorde al contexto de cuento.

-          El tema del hambre, elemento para analizar, quizá para otra frase.

-          La metáfora “nubes de un cielo de pesadilla”. Material para reciclar o, al menos, para no desechar tan rápido.

 En fin. Me pasé las horas retorciendo una frase, mareándola de tanto dar vueltas y no escribí nada. Quizá ese sea el problema del cuento, su exigencia, sus alternativas, su mecanismo de palancas secretas en el que cada modificación abre puertas inesperadas. Admito que me divertí, pero al fin de cuentas solo me queda una frase llena de dudas:

 Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos, malditos.

 

CUANDO UNA MUJER CANTA BLUES

Cuando una mujer canta blues el músico más virtuoso detiene su canción, los poetas descubren el límite de las palabras, los intelectuales pierden su retórica helada y los machos se bestializan más que nunca hasta dormirse, sin defensa.

Cuando una mujer canta blues exhala orgullo y toda su carne es expresión.  Se hace señora de la música y arrasa, a fuerza de emoción, con los muros  del prejuicio.

Cuando una mujer canta Blues  no arroja penas ni sollozos, representa al grito de la tierra que solo puede manar de su garganta. Se sube al estrado de las deidades y su voz es un llamado ineludible.

Cuando una mujer canta blues todas las copas se llenan de vino y revive el encanto milenario de las sacerdotisas de Bastet, de las geishas y las odaliscas, de Cleopatra y Nefertiti, el de la primera mujer, que salvó al mundo, y  el de la última, que otra vez lo salvará.

Cuando una mujer canta blues se transforma en la vida misma que tienta y empuja a respirar, a disfrutar de la fascinación de la belleza y a olvidar las nimiedades de la supervivencia cotidiana.

Cuando una mujer canta blues devela que el mundo, maravilloso y extraño, se nutre del misterio de sus labios y que la esperanza está en sus parpadeos.

Cuando una mujer canta blues  el dolor nos da una tregua y el olvido no arroja culpas.

Los sentidos despiertan y opacan a la razón,  no hay magia ni hipnotismo, todo es instinto y encanto, cuando una mujer canta blues.

YA VUELVO

 

En un par de días regreso. Estoy haciendo un “bachéo” de mis agujeros mentales.

ESTETICA DEL PERDEDOR

Los ganadores absolutos me causan hastío. El exceso de gloria y la victoria permanente son insoportables. Siempre me interesé por los perdedores, por los segundos, por los últimos, por los que ni siquiera lo intentan. Hay algo misterioso en aquel que mira, desde las sombras, al lejano triunfador. Tengo mucho mas para indagar en aquel, que por algún motivo, se queda a un costado. Me gustan más los intentos de los que tropiezan, de los que se encuentran con obstáculos inesperados, de los que luchan contra algún defecto propio que los pone en desventaja.

De chico prefería al retorcido y maltratado Hombre Araña antes que al aburridísimo Superman, amaba las rabietas del Pato Donald y detestaba el liderazgo manchado de moralina que exudaba Mickey; y mis meriendas eran un deleite si las acompañaba con emisiones de los intentos vanos del coyote, enceguecido y febril en su ansia por atrapar a aquel engendro corredor.

El caso del coyote es paradigmático, nadie pretendía verlo triunfar, lo maravilloso residía en sus fracasos. Era un perdedor maravilloso.

Con los libros igual, Aprendí a leer a Maigret, gruñón y pesimista, adolorido de la vida y me entusiasmaron los cuentos de soldados apenas sobrevivientes, que no sabían de victorias o derrotas, que escribió por Ambrose Bierce. Me cautiva Raskolnikov, envuelto en la lucha interminable contra su mente; o los personajes de Lovecraft, rindiéndose a la locura a causa de horrores que derrotan a la razón humana. Y son mas, son muchos, los perdedores son el alma de las historias, el componente indispensable para la literatura. Los ganadores se agotan pronto.

El ganador es, generalmente, carismático y despierta aplausos populares, el perdedor lucha contra la necesidad de preservarse digno, de volver a intentarlo o de hacer lo que nunca haría el victorioso, enfrentarse a su alma y tomar la decisión abandonarlo todo, de cambiar.

El perdedor representa al hombre, al azar, a lo falible. Es el más parecido a todos pero el menos aplaudido y al mismo tiempo es el estandarte de lo singular. El que llega lo hace porque es el mejor (o así lo dispone el mundo), el que no llega a la cima tiene algún motivo, una historia especial para contar. Así, los perdedores son hombres solitarios, contadores de historias, risueños sin compromiso, no tienen que representar nada. Ni siquiera se los puede atar a la ambigua y obtusa noción moderna de “fracaso”. El fracaso y el éxito son un pastiche de situaciones difusas, de condiciones especiales (y enclenques). El mundo es de los perdedores, los victoriosos ganan guerras pero los perdedores reconstruyen civilizaciones completas. Los ganadores gritan, los perdedores son los que, en silencio, otorgan dinámica al mundo.

Para terminar de enchastrar todo con relativismo, pongo a la historia como variable cruel con la virtud de tornar, una y otra vez, a las victorias en derrotas y a los fracasos en éxitos, hasta fundirlo todo en relatos. Así, los perdedores respiramos y nos conformamos con saborear un poco de la felicidad de sobrevivir, sabiendo que, en las eras del tiempo, a nadie le interesará si ganamos o perdimos, nuestras huellas no indicarán éxito o fracaso, solo remitirán a cuentos, a historias singulares para aquel que quiera escuchar.

SALVADO

Yo era muy macho, un escritor varonil, que escribía historias crudas, admirador del color negro de las novelas negras y de nada más. Pensaba que el realismo era dureza y dolor, que todo lo demás eran pavadas. Era un prejuicio de chiquilín que luchaba por sobrevivir en los diversos clanes de la pre-adolescencia. Solo sabía rugir, y en aquel tiempo pensé que también debía buscar rugidos en la literatura. Era necesario ser duro, aún a riesgo de quedar petrificado.  Me salvó Puig.

El azar, sabio, me puso un libro de Manuel en las manos y comprendí que la belleza puede marcar a fuego y que los boleros son poesía cruda y maravillosa. Aprendí que el coraje estaba menos en las acciones ostentosas que en las palabras tenues pero osadas. Descubrí que un rugido muere en el viento pero que una historia bien contada es un zarpazo que deja marcas en el alma.

El machito se cayó a pedazos. En ocasiones todavía me sorprendo en medio de alguna expresión ampulosa, haciéndome el duro. En esos casos vuelvo a los personajes que hablaban por Puig y me sereno en la admiración. Las señales sutiles convencen más que las pancartas y una descripción acertada genera imágenes que ningún grito puede igualar. Puig me enseñó que la retórica del duro se estanca cuando hay que enfrentarse al lector y que la belleza puede hallarse aún en medio de situaciones trágicas. No me convertí en piedra, Puig me salvó, la belleza nos salva.

PANOPTICO O COMO ESCRIBIR CON HIJOS

Los niños son una bendición que lo envuelve todo. Es más, son la mágica felicidad del hogar que nos ata de pies y manos. No desespere, es posible salir de esa maraña de requerimientos infantiles, es hora de hacer que esas criaturas, luces de la familia, dejen de acumular la atención exclusiva con tiránica simpatía.

Para Usted, escritor de vocación que reniega de limitar su vocación a las siestas domingueras, que lucha día y noche por eslabonar ideas sueltas en un párrafo y que pretende elaborar algún texto coherente sin perder de atención a sus críos, ha llegado la solución. Ya no escribirá parrafadas ilegibles, de sintaxis distraída y de coherencia con peligro de derrumbe. Ya no sufrirá, frente a la pantalla o a la página en blanco, por la culpa de desentender al pequeñín que inserta clavos en los enchufes o al querubín que arroja llaves al inodoro. Termine con los chirlos y las penitencias que tantas derivaciones terribles han evidenciado en la sociedad, deje de atormentar al lenguaje con mutaciones del tipeo acelerado o con letras manuscritas transformadas en gusanos crípticos. Por fin, de la mano de Jeremías Bentham, ha llegado la invención ideal para ejercer su literatura sin perder de vista a los angelitos sin alas, por una suma insignificante podrá recibir en su hogar el exclusivo Panóptico Familiar®. 

Elaborado en madera resistente, transportable y en la gama de colores más conveniente para la estética de su casa (blanco o negro). Sin el costo ni la fragilidad de las cámaras de seguridad, más barato que una niñera y más pedagógico que una colorida soga ajustada, el Panóptico Familiar ® le permitirá observar todos los movimientos de los niños desde una altura ideal, abarcando los diversos ambientes de la casa. Para complementar la función de vigilancia feliz usted puede armarse con los juguetes preferidos de los chiquillos y utilizarlos como proyectiles de ataques preventivos. Sorpréndase de la efectividad de un conejito de tela arrojado desde el Panóptico Familiar ® , usted no sabrá si el niño llora por el dolor del golpe o por la pena de ver a su conejito despanzurrado.

Cuando el Panóptico llegue a su hogar, nadie dejara de lado sus tareas, nadie pospondrá labores ansiadas. Este moderno sistema de vigilancia redundará en la libertad asistida de los niños y en la extensión productiva de los adultos. Pero las maravillas de esta herramienta no se limitan a la vigilancia, es un único y revolucionario sistema de educación. Tras unos pocos meses, sus niños sentirán la vigilancia sin necesidad de que usted se sitúe el Panóptico, es más, tras unos años, los niños dejarán de requerir atención humana y efectuarán todos sus reclamos infantiles a la herramienta. Adiós a los reclamos infantiles, simpáticos pero desgastantes; basta de métodos anticuados para la imposición de límites.

El panóptico es un extraordinario sistema infantil de auto-regulación y represión voluntaria. Con la compra inmediata le regalamos una entrada a la exposición “Cabeza de Bentham”. Pídalo ya mismo, si después de la utilización del Panóptico Familiar ® usted no se muestra satisfecho le ofrecemos, en forma gratuita, un negro literario “full time” durante un año y dos lobotomías infantiles con curitas ilustradas.

JAMON DEL APOCALIPSIS

Desparecemos todos los días. No estoy tentando al destino, solo observo. El apocalipsis dejó de ser un mito para descender a la categoría de lugar común. Nos va a borrar del universo la naturaleza, un meteorito, un virus nuevo y mortal, la carencia de agua y alimentos, el caos de la tecnología (con su consabida rebelión de las máquinas), el tipo que se dormirá sobre el botón de “volar el mundo”,  e incluso tal vez vuelvan los dinosaurios y nos transformaremos en presa de los grandes carnívoros. Yo solo ruego no ser atrapado por las manitos ridículas de un Tiranosaurio Rex, que mi final tenga algo de dignidad.

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Ya acostumbrados a la catástrofe posible de cada día, vamos incorporando actitudes pre-apocalípticas algo ridículas y sin extremos, el apocalipsis es terrible pero tampoco exageremos.

Así la amenaza latente de nuestra desaparición se revive cada día, pero nunca llega (hasta que llegue). El cine, la televisión, los libros, los climas extraños, los aullidos de los perros pequineses, un estornudo sonoro, todo nos recuerda que Apolyon está cerca. Entonces, cuando vemos nuestra existencia en riesgo, salimos de la realidad (por un ratito) nos situamos en el caos y aprovechamos nuestros últimos instantes.

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El problema del apocalipsis es que viene pero no llega, por eso nuestros gritos de espanto son gemidos y las actitudes ante un final que puede no serlo deben ser limitadas.

 Actitudes pre-apocalípticas no extremistas

 -          Comprar jamón crudo del más caro y comerlo sentado en el cordón de la vereda

-          Gastarse las monedas destinadas al colectivo en caramelos ácidos o cubanitos

-          Insultar a alguien a quien detestamos pero por medio de una llamada anónima

-          Pagar el mínimo de la tarjeta de crédito (con una sonrisa socarrona)

-          Pedir algo prestado que nos gusta mucho y prometer su devolución en 24 horas

-          Tomar el riesgo de disfrutar de un choripan o pancho en algún puesto poco confiable, y comprar un protector hepático

-          Piropear a alguna mujer de apariencia inalcanzable (lo mismo pero a la inversa en las mujeres, aunque eso en esta sociedad pude ser considerado “extremista”)

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-          Dejar  que nuestra mascota duerma una siesta en el sillón (con un cobertor, por las dudas)

-          Dejar para mañana lo desagradable que se puede hacer hoy, pero anotando en la agenda que hay que hacerlo

-          Escuchar un buen disco mientras tomamos una copa de vino pero solo una, para luego acostarnos temprano

-          Estacionar en un lugar indebido, pero con las balizas puestas

En fin, las actitudes son incontables.  Los amagues nos acostumbran a estar preparados, se vive el día a día, pero hay que planificar el día a día de la semana que viene, hay que tener la subsistencia resuelta. Y si la semana que viene no pasa nada atroz, hay que seguir subsistiendo, no vaya a ser que el apocalipsis nos encuentre medio muertos de hambre.

jamon

ESPERPENTO TEORICO SOBRE EL JUEVES

Durante los días jueves me siento gobernado por una sensación de inquietante felicidad. No soy original, presiento que solo expongo una característica del ser humano. Todos hemos actuado, en más de una ocasión, guiados solo por sensaciones o actitudes cuya explicación no puede encontrarse en la superficie simplona del ánimo. Ni siquiera el contexto aporta lo suficiente como para develar la fuente de felicidades o penurias extrañas.

idiota feliz

En mi caso y pese a los intentos de boicotear esta felicidad inmotivada, los jueves siento que el ánimo se me dispara. No comprendo que idiotez lleva a activar mi alegría solo por  transitar un segmento artificial de la vida organizada, un día de la semana, uno más, sin nada en particular.

Tras el enorme esfuerzo destinado a detener el ritmo gelatinoso de la rutina semanal me dedique a buscar razones para lo inexplicable. Muchos perecieron en empresas con el mismo objetivo, pero en mi caso, el fracaso solo me significará la frustración de admitirme limitado, a lo sumo deberé aceptar que no me conozco y que convivo con un monstruo sensorial impredecible en mi interior. Bueno, esa posibilidad aportaría una cuota de diversión a la pálida previsibilidad de la supervivencia laboral.

En fin, primero recurrí a los orígenes del día, para indagar en mi subconsciente en búsqueda de huellas de conocimiento que influencien a mi ánimo. Ni la etimología, ni su origen jupiteriano me dieron pistas interantes. Respecto a mi propia historia, nací un horrible martes y dos de mis fuentes de felicidad, mis hijos,  no nacieron en jueves.

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La causa más probable de mi felicidad “juevistica – jupiteriana” quizá sea una mancha de alegría que llevo en la remera del alma desde hace tiempo. Los jueves siempre fueron días de peña y encuentro con mis amigos. Jueves de fútbol y asado, jueves de fiesta entre paréntesis semanal.  La pasábamos muy bien, durante ese tiempo aprendimos mucho de retórica barata y bebidas caras.  La noche del jueves era la noche esperada desde el lunes. 

Sensato, pero insuficiente. Tengo muchos recuerdos felices, de diversos días y por muchos motivos. Los recuerdos me influencian, pero no me determinan tan violentamente. Al menos no los míos.  Me forman, en parte estoy conformado por recuerdos que van conmigo en todo momento. Por eso mi felicidad de jueves no se determina por un recuerdo que aparece y desaparece durante una jornada, como un fantasma tonto o autómata. No, un recuerdo no explica a mi extraña felicidad.

futbol

Como corolario de mi fracaso en la investigación de los recovecos del Yo, expongo la teoría más racional para explicar a mis sentidos desbocados.  Esta elucubración no responde al método científico, probablemente esté llena de falacias y advierto que tras atravesar el tamiz del lector, esta teoría seguramente quedará reducida a mentiras barrosas, terrones de tierra mental y lenguaje de oropel. Pero es lo único que tengo.

Según los mandatos religiosos, la semana debería comenzar los domingos, pero la realidad moderna nos indica que empieza el lunes.  El primer día laboral es duro, de una áspera locura, pero se puede afrontar con la energía ahorrada tras el fin de semana, podría considerarse un comienzo esperanzador.

El martes es el infierno. La semana ni siquiera está en la mitad y el cansancio ya reina en el cuerpo. No hay esperanza, las energías se desperdiciaron en un lunes brioso y ahora, en martes, solo queda la opresión, la desesperación.

El miércoles es un suspiro, la mitad. Ya se ha atravesado medio desierto y se avizora la añorada tierra del descanso.

El jueves es glorioso. La felicidad de saber que solo resta el viernes y la energía de saber que hay más recorrido que por recorrer acerca la tranquilidad. Es un día productivo, que se aborda con ímpetu y del que se esperan dones en cualquier rincón.

El viernes es inconsciencia. La semana laboral terminó, los plazos se vencen, las histerias se aplacan resignadas. No queda mucho por hacer. El viernes es un día ficticio, elaborado en base a potencialidades, proyectos y carreritas sin sentido hasta el final del día.

Sábado y Domingo son cuarenta y ocho horas elásticas, que pueden contraerse o expandirse, difíciles de encajar en generalizaciones irresponsables como las efectuadas sobre días anteriores.

En fin, calificando a los días, puedo llegar a avizorar algún motivo de felicidad en el jueves.

La áspera locura del lunes
La opresión del martes
El suspiro del miércoles
La felicidad del jueves
La inconsciencia del viernes

El jueves tal vez sea felicidad porque, en medio de la cruda realidad, se hacen tangibles las fantasías de los tres días siguientes. O quizá se trate solo de una explicación vana, tan rara como la sensación que intenta desentrañar.  La explicación no me convence, no puedo explicar mi alegría. El racionalismo está quedando solo para jugar bromas y articular juegos de palabras. Hasta los físicos se sumaron a la risa general con la física cuántica. No hay alternativas, tendré que resignarme a soportar esta felicidad absurda, al menos hasta las doce de la noche.

sonrisa

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