JAMON DEL APOCALIPSIS

Desparecemos todos los días. No estoy tentando al destino, solo observo. El apocalipsis dejó de ser un mito para descender a la categoría de lugar común. Nos va a borrar del universo la naturaleza, un meteorito, un virus nuevo y mortal, la carencia de agua y alimentos, el caos de la tecnología (con su consabida rebelión de las máquinas), el tipo que se dormirá sobre el botón de “volar el mundo”,  e incluso tal vez vuelvan los dinosaurios y nos transformaremos en presa de los grandes carnívoros. Yo solo ruego no ser atrapado por las manitos ridículas de un Tiranosaurio Rex, que mi final tenga algo de dignidad.

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Ya acostumbrados a la catástrofe posible de cada día, vamos incorporando actitudes pre-apocalípticas algo ridículas y sin extremos, el apocalipsis es terrible pero tampoco exageremos.

Así la amenaza latente de nuestra desaparición se revive cada día, pero nunca llega (hasta que llegue). El cine, la televisión, los libros, los climas extraños, los aullidos de los perros pequineses, un estornudo sonoro, todo nos recuerda que Apolyon está cerca. Entonces, cuando vemos nuestra existencia en riesgo, salimos de la realidad (por un ratito) nos situamos en el caos y aprovechamos nuestros últimos instantes.

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El problema del apocalipsis es que viene pero no llega, por eso nuestros gritos de espanto son gemidos y las actitudes ante un final que puede no serlo deben ser limitadas.

 Actitudes pre-apocalípticas no extremistas

 -          Comprar jamón crudo del más caro y comerlo sentado en el cordón de la vereda

-          Gastarse las monedas destinadas al colectivo en caramelos ácidos o cubanitos

-          Insultar a alguien a quien detestamos pero por medio de una llamada anónima

-          Pagar el mínimo de la tarjeta de crédito (con una sonrisa socarrona)

-          Pedir algo prestado que nos gusta mucho y prometer su devolución en 24 horas

-          Tomar el riesgo de disfrutar de un choripan o pancho en algún puesto poco confiable, y comprar un protector hepático

-          Piropear a alguna mujer de apariencia inalcanzable (lo mismo pero a la inversa en las mujeres, aunque eso en esta sociedad pude ser considerado “extremista”)

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-          Dejar  que nuestra mascota duerma una siesta en el sillón (con un cobertor, por las dudas)

-          Dejar para mañana lo desagradable que se puede hacer hoy, pero anotando en la agenda que hay que hacerlo

-          Escuchar un buen disco mientras tomamos una copa de vino pero solo una, para luego acostarnos temprano

-          Estacionar en un lugar indebido, pero con las balizas puestas

En fin, las actitudes son incontables.  Los amagues nos acostumbran a estar preparados, se vive el día a día, pero hay que planificar el día a día de la semana que viene, hay que tener la subsistencia resuelta. Y si la semana que viene no pasa nada atroz, hay que seguir subsistiendo, no vaya a ser que el apocalipsis nos encuentre medio muertos de hambre.

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ESPERPENTO TEORICO SOBRE EL JUEVES

Durante los días jueves me siento gobernado por una sensación de inquietante felicidad. No soy original, presiento que solo expongo una característica del ser humano. Todos hemos actuado, en más de una ocasión, guiados solo por sensaciones o actitudes cuya explicación no puede encontrarse en la superficie simplona del ánimo. Ni siquiera el contexto aporta lo suficiente como para develar la fuente de felicidades o penurias extrañas.

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En mi caso y pese a los intentos de boicotear esta felicidad inmotivada, los jueves siento que el ánimo se me dispara. No comprendo que idiotez lleva a activar mi alegría solo por  transitar un segmento artificial de la vida organizada, un día de la semana, uno más, sin nada en particular.

Tras el enorme esfuerzo destinado a detener el ritmo gelatinoso de la rutina semanal me dedique a buscar razones para lo inexplicable. Muchos perecieron en empresas con el mismo objetivo, pero en mi caso, el fracaso solo me significará la frustración de admitirme limitado, a lo sumo deberé aceptar que no me conozco y que convivo con un monstruo sensorial impredecible en mi interior. Bueno, esa posibilidad aportaría una cuota de diversión a la pálida previsibilidad de la supervivencia laboral.

En fin, primero recurrí a los orígenes del día, para indagar en mi subconsciente en búsqueda de huellas de conocimiento que influencien a mi ánimo. Ni la etimología, ni su origen jupiteriano me dieron pistas interantes. Respecto a mi propia historia, nací un horrible martes y dos de mis fuentes de felicidad, mis hijos,  no nacieron en jueves.

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La causa más probable de mi felicidad “juevistica – jupiteriana” quizá sea una mancha de alegría que llevo en la remera del alma desde hace tiempo. Los jueves siempre fueron días de peña y encuentro con mis amigos. Jueves de fútbol y asado, jueves de fiesta entre paréntesis semanal.  La pasábamos muy bien, durante ese tiempo aprendimos mucho de retórica barata y bebidas caras.  La noche del jueves era la noche esperada desde el lunes. 

Sensato, pero insuficiente. Tengo muchos recuerdos felices, de diversos días y por muchos motivos. Los recuerdos me influencian, pero no me determinan tan violentamente. Al menos no los míos.  Me forman, en parte estoy conformado por recuerdos que van conmigo en todo momento. Por eso mi felicidad de jueves no se determina por un recuerdo que aparece y desaparece durante una jornada, como un fantasma tonto o autómata. No, un recuerdo no explica a mi extraña felicidad.

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Como corolario de mi fracaso en la investigación de los recovecos del Yo, expongo la teoría más racional para explicar a mis sentidos desbocados.  Esta elucubración no responde al método científico, probablemente esté llena de falacias y advierto que tras atravesar el tamiz del lector, esta teoría seguramente quedará reducida a mentiras barrosas, terrones de tierra mental y lenguaje de oropel. Pero es lo único que tengo.

Según los mandatos religiosos, la semana debería comenzar los domingos, pero la realidad moderna nos indica que empieza el lunes.  El primer día laboral es duro, de una áspera locura, pero se puede afrontar con la energía ahorrada tras el fin de semana, podría considerarse un comienzo esperanzador.

El martes es el infierno. La semana ni siquiera está en la mitad y el cansancio ya reina en el cuerpo. No hay esperanza, las energías se desperdiciaron en un lunes brioso y ahora, en martes, solo queda la opresión, la desesperación.

El miércoles es un suspiro, la mitad. Ya se ha atravesado medio desierto y se avizora la añorada tierra del descanso.

El jueves es glorioso. La felicidad de saber que solo resta el viernes y la energía de saber que hay más recorrido que por recorrer acerca la tranquilidad. Es un día productivo, que se aborda con ímpetu y del que se esperan dones en cualquier rincón.

El viernes es inconsciencia. La semana laboral terminó, los plazos se vencen, las histerias se aplacan resignadas. No queda mucho por hacer. El viernes es un día ficticio, elaborado en base a potencialidades, proyectos y carreritas sin sentido hasta el final del día.

Sábado y Domingo son cuarenta y ocho horas elásticas, que pueden contraerse o expandirse, difíciles de encajar en generalizaciones irresponsables como las efectuadas sobre días anteriores.

En fin, calificando a los días, puedo llegar a avizorar algún motivo de felicidad en el jueves.

La áspera locura del lunes
La opresión del martes
El suspiro del miércoles
La felicidad del jueves
La inconsciencia del viernes

El jueves tal vez sea felicidad porque, en medio de la cruda realidad, se hacen tangibles las fantasías de los tres días siguientes. O quizá se trate solo de una explicación vana, tan rara como la sensación que intenta desentrañar.  La explicación no me convence, no puedo explicar mi alegría. El racionalismo está quedando solo para jugar bromas y articular juegos de palabras. Hasta los físicos se sumaron a la risa general con la física cuántica. No hay alternativas, tendré que resignarme a soportar esta felicidad absurda, al menos hasta las doce de la noche.

sonrisa

UN LOQUITO DE SIBERIA

El ruso, un conocido del primo segundo de un amigo, tuvo un tatarabuelo que antes de emigrar hacia estas tierras pasó un par de años en Siberia. Lo encanaron por robarle un collar a una adolescente de buena posición, hija de nobles de piel casi transparente. En realidad ese fue el cargo formal, en la familia del ruso dicen que al tatarabuelo  lo mandaron a Siberia porque la piba estaba metejoneada hasta la locura y parece que el viejo era un picaflor sin intenciones de abandonar sus vuelos.

Siberia

Después de los años de trabajo forzado en Siberia, al viejo no le quedaron ganas de seguir revoloteando a doncellas hemofílicas de corazón desbocado. Se metió en el primer barco que encontró y tras varios años de vagabundeo terminó acá. Más lejos no se podía ir.

El ruso le contó al conocido del primo segundo de mi amigo que el viejo, durante el vermut previo al asado y como para palear un poco el calor del verano, contaba anécdotas de su helada prisión Rusa.  Siempre decía que las reglas eran distintas, que aunque los hacían trabajar como burros por un plato de comida, al menos no se sentían denigrados. Es verdad, había muertes y abuso de poder, pero eran situaciones extraordinarias. Al menos, tras soportar y cumplir la condena, se podía retomar el camino, las heridas de la cárcel quedaban pero a uno no lo dejaban inmóvil para siempre.

En Siberia cada preso tenía una casa (o algo parecido). La única forma de escapar con vida era por medio del tren, por lo tanto, los carceleros, en realidad, vigilaban las partidas de los trenes. Los que se cansaban de trabajar se lanzaban a correr hacia una inmensidad blanca. Nadie se molestaba en buscarlos, el destino probable era fácil de imaginar.

tren

El viejo, fanático de los chinchulines y el amargo serrano, contaba que se hizo amigo de un preso que después sería conocido. Decía que el tipo había sido trasladado a Siberia en compañía de una mina que luego sería su mujer. Era un caso extraño, se había entregado tras confesar un doble homicidio, pero no había pruebas en su contra. Según los diarios de la época el crimen había sido espantoso. El tipo, un hombre de dialogo pausado y acciones medidas, había matado a hachazos a una anciana y a su hermana menor. Después, tras un tiempo de coqueteos con la policía, se entregó. Sin dudas algo extraño se le pasó por el bocho. El tatarabuelo decía que era un hombre muy conflictuado, que parecía estar escuchando a alguien en todo momento. Cuando confesó, las autoridades ya se habían encargado de fabricar un culpable, nadie le creía. Es más, por su condición de estudiante avanzado de derecho, de haberlo querido y aún comprobada su culpabilidad, podría haber aducido algún tipo de emoción violenta para reducir el castigo (no cualquiera mata con un hacha). Pero el tipo no se molestó en defenderse. Por otra parte, tiempo después se supo que el homicidio había sido planificado con un detallismo casi obsesivo, lejos de acciones irracionales o descontroladas.

hacha

El tatarabuelo y el homicida compartieron muchos samovares humildes pero reconfortantes. El viejo aseguraba que hablaban de psicología, filosofía, literatura e historia y aunque el ruso se ríe de su tatarabuelo porque dice que la psicología no existía en esa época y que seguramente no había mucho que leer en ese lugar como para extenderse en los demás temas, es sabido que la difusión del pensamiento no necesitaba de lo que luego fue la globalización para trascender fronteras impensadas.

SAMOVAR

Durante el último tiempo de condena, el tatarabuelo se distanció del amigo. Cuenta que estaba muy ensimismado y vivía hablando en voz baja, murmurando agravios a alguien o algo. Cierto día, en el que los condenados se reunieron en la estación para a recibir las encomiendas y cartas que venían en el esporádico transiberiano,  lo vio mas alterado que de costumbre, con los ojos algo desorbitados, tembloroso y con una sonrisa enfermiza. Tenía un libro de pocas páginas en la mano, un ejemplar que había viajado muchísimo y provenía de las míticas tierras de la Inglaterra nueva e independiente que crecía más allá del atlántico. El tatarabuelo nunca supo inglés, pero recordaba el título del libro, nunca logró entender como un par de hojas impresas podían enloquecer tanto a alguien. El tipo estaba sentado en la estación, parecía no sentir el viento helado, leía, devoraba las hojas del librito recién llegado. Su mujer, en silencio, lo acariciaba y de tanto en tanto intentaba levantarlo.

El libro era de Poe, un muchacho yanqui controvertido, perdido en el alcohol y las drogas, pero que al parecer, escribía cosas que movilizaban a todo el mundo. El tatarabuelo del ruso no era muy adepto a los libros extraños, pero se acuerda del título: “The Imp of the Perverse”*.

Un par de días después el viejo cumplió su condena y extendió sus vuelos de picaflor nómade por todo el mundo, la última vez que se cruzó con su compañero de samovar intercambiaron un saludo cordial y lleno de buenos deseos. El estudiante de derecho parecía haber encontrado la tranquilidad que andaba buscando. En realidad, según la hipótesis del tatarabuelo, en el librito estaban los datos del verdadero culpable del crimen. Tras conocerlos, el tipo se había quitado un peso atroz de encima y parecía listo para retomar su vida.

La antiquísima e infinita Rusia quedó en los recuerdos del viejo. Según el primo segundo de mi amigo, el ruso, lo único que tiene de ruso, es el apodo. Su apellido es Moralez. Y ya se sabe, los abuelos y tatarabuelos con tal de extender el vermut son capaces de inventar cualquier cosa.

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(*)   Edgar Allan Poe, “El demonio de la perversidad” (ensayo/cuento), 1845.

 

LLAME YA

El año pasado compré un unicornio, que aunque no era azul tenía una belleza única. Lo conseguí por Internet. Al principio pensé que se trataba de una broma o alguna estafa destinada a mitólogos ingenuos, pero era real. Si, un unicornio, con cuerno y todo. Lo compré, con tarjeta de crédito y en muchas cuotas. En el ticket figuraba como “productos varios”, el vendedor me dijo que el bicho era incatalogable, pero que le tenía que colocar una referencia por cuestiones impositivas. Me aburrí y me llevé mi caballo con cuerno.

unicornio

Lo metí en el departamento. Debo reconocer que la compra tuvo mucho de compulsiva, pero en aquel momento pensé que el animal era un producto escaso que me permitiría realizar algún buen negocio.

El primer emprendimiento comercial fue simple. Coloqué un cartel en la puerta del edificio. “Vea, en vivo, al mítico Unicornio. Entrada $10. Toque el 5 F “. No tuve muchos visitantes, y los pocos que conocieron al unicornio se decepcionaron y exigieron la devolución de las entradas.

- ¡Es solo un caballo con un cuerno!

- Y, justamente, eso es un unicornio

-¡ Estafador, este animal no tiene nada de mítico, devuelva el dinero!

 El animal comenzó a sentirse incomodo en los treinta metros cuadrados del departamento, los vecinos también. Es que nunca hacía el tiempo necesario como para limpiar los kilos de excremento que se acumulaban en la alfombra, apenas si podía alimentarlo. Le encantaba el alimento balanceado para perros. Se comía dos bolsas grandes por día. Tuve la precaución de comprarle balanceado con extra calcio para fortificar al cuerno.

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El segundo emprendimiento apuntó a la alta cultura, intenté venderlo en museos y universidades, pero fui rechazado. Todos me exigían que entregue al caballo como donación al capital intelectual de la humanidad. Preferí conservarlo como capital financiero de un ignorante individual.

En el zoológico me dijeron que para cuernos tenían al rinoceronte y mucha variedad de ciervos, cabras e incluso cuidadores abnegadisimos al trabajo que descuidaban sus hogares.

El negocio posterior fue menos elevado. Lo anoté como caballo de competición en el hipódromo. Especulé que con su cuerno tendría ventajas adicionales y trascendería la mera posibilidad de ganar “por una cabeza”, pero el animal era muy hosco y cuando sonaba el disparo de largaba punzaba con el cuerno a sus rivales. Me expulsaron con la promesa de iniciarme demandas millonarias a causa de los equinos heridos.

Obstinado, no me resigné a perder mi inversión. Tras terminar de llenar el conteiner diario de bosta me dediqué a estudiar. Descubrí que lo unicornios sentían una extraña atracción hacia las doncellas (léase”vírgenes” en el llano y rasposo lenguaje de la modernidad). Me coloqué primero frente al registro civil y ofrecí mis servicios de detección infalible, pero a nadie le interesó. Tuve más éxito en la escalinata de la catedral central, pero fueron tantas las pretendidas doncellas rechazadas por el animal, que un par de monaguillos morrocotudos me sacaron a palos y me prohibieron volver, advirtiéndome que en el seminario eran adeptos a la mortadela y si era mitológica, mejor.

Finalmente perdí mucho dinero. Es más, todavía me llega la cuota de “productos varios” en la tarjeta de crédito. El consorcio me intimó a desalojar al animal, no me sorprendió, en el edificio nunca aceptaron a las mascotas. No quise abandonar al caballo en la calle y pensé que llevarlo al campo sería un abandono aún peor para una especie de inteligencia suprema. Incluso se me erizó la espalda tras solo imaginar al caballo blanco perdido en los pastizales de la Pampa en temporada de caza.

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El unicornio ya no está conmigo, pero lo tengo cerca. En la plaza, a unas cuadras. Es la estrella de la calesita. No lo vendí, pero lo entregué a cambio de un pase gratuito, vitalicio y con preferencia. Todos los días, después de la oficina, paso por la plaza e ingreso a la calesita. Exhibo el carnet preferencial con orgullo y si algún pibito atrevido está sobre el unicornio lo obligo a bajar. Muchos lloran, otros patalean, pero los padres siempre cumplen con su rol de contención. Entiendo las rabietas de los chicos, hay que soportar una larga fila para montar al unicornio. Pero yo no, yo tengo preferencia, tengo el carnet del Olimpo.

No soy egoísta, me conformo con un par de vueltas. El animal me recuerda y mueve su cabezota entusiasmado. Siempre le llevo un par de terrones de azúcar (tengo los bolsillos del saco hechos almíbar). Esta más gordo, lo cuidan bien. Los dueños de la calesita se muestran contentos. Cambiaron el auto y contrataron dos asistentes.

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Por mi parte aùn tengo recuerdos en casa, las manchas de la alfombra nunca salieron.  Anoche, buscando algún producto de limpieza especial, encontré que alguien ofertaba agua de juventud (en el mismo sitio de internet). Pienso que si el agua limpia los años debe quitar las manchas de la alfombra. Creo que voy a comprar un par de bidones para probarla.

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VOCACION NON RENTABLE

Quedaban 7 minutos, ahí, a unos suspiros estaba el fin del trabajo; y es viernes.  Cuantas veces juro que voy a dejar todo. Vargas Llosa escribe un texto que me demuele al decir que en su juventud escribía mal porque no dedicaba el tiempo suficiente a la literatura (y lo dejó todo), Abelardo Castillo afirma que quien escribe debe dedicarse las 24 horas a ser escritor, no hay escritores de fin de semana. Yo escribo a cada instante, mi cabeza es un caldo hirviente que debe derramarse en algún momento, pero no vivo de la literatura.  Y los escritores incitan a los anónimos a dejarlo todo y escribir. Es una tentación que me punza. Cada insulto, cada mal trago laboral, cada segundo de hastío en el que lamento tener que comprar tiempo, esa punzada remueve la piel y me sangra el ánimo. Otra escritora dice que un novelista contemporáneo es respetable como para ser leído solo a partir de los cuarenta, todavía tengo tiempo entonces, pero la puntada no desaparece.

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Escribo en todo momento, toda mi vida se torna ficción y alimenta argumentos futuros, pero no puedo escribir en cualquier momento, aunque quiera. Son muchas las ocasiones en la que me escapo de la rutina, tomo una actitud de rebeldía adolescente y me alejo sin dar explicaciones. Paso tiempo en la plaza o en un bar, pero son excepciones, la revolución siempre se queda sin fuerzas, debo pagar la luz, tengo comprar comida, las revoluciones no deben provocar hambre.

Escribo, siempre escribo, pero el lunes, cuando suene el despertador, la punzada me volverá a estremecer y allí estaré, comprando tiempo, pagando el impuesto a la vida para poder escribir después, sin vigas que me tapen la visual.

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MULTA

No me molestó la multa. Cuando la recibí apenas me detuve a analizar si era justa o injusta, solo escupí un insulto al duende ruin que saca las fotos para anexar a la descripción de la infracción y me resigné.

Pasó el tiempo, no sin intención olvidé aquel papel. Tampoco reflexioné demasiado acerca de mi estúpida forma de evasión, el olvido, pero el papel no se quedaría quieto.

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Unas semanas después la cigüeña entintada de la burocracia estatal me hizo llegar una nota-intimación-carta-documento-de envío simple. Con irónica esperanza abrí el sobre, alentaba expectativas, esperaba recibir una de esas cartas infinitas como las de Dostoievsky, algún sermón en el que las inflexiones del vocabulario me mantuvieran atado y alerta, pero no. La misiva ahora provenía de un estudio jurídico. Esta vez se me advertía que, aparte de pagar la multa, en breve me vería obligado a abonar el trabajo ajeno y los costos de las gestiones dolorosas y torturantes efectuadas por un encomiable lic. en ciencias jurídicas (abogado, no doctor) a causa de mi gravísima infracción. Esta vez me molestó un poco más, no lo suficiente, pero al menos ahora me molesté en indagar acerca de la imputación que se me hacía. Encontré muchos detalles, aristas casi ilegales y ambigüedades que me hubiesen permitido esgrimir alguna defensa, pero no quise dedicar tanto tiempo de mi vida a una dialéctica tan opaca.

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Esa noche me acosté tarde. Tuve un sueño gris como la multa. Horriblemente gris.

 Suena el teléfono

-         Hola

-         Hola ¿con el señor Pinto, Pablo Pinto?

-         Si, soy yo

-         Le habla el doctor Correa, me comunico con usted a los fines de solicitarle que confirme la recepción y su posterior notificación de mi envío postal

-         ¿Qué, de que habla?

-         Quiero decirle que debe considerarse notificado, que su infracción de tránsito ahora seguirá por los caminos legales necesarios para impulsar la reparación económica de la contravención efectuada

-         ¿pero usted quien es? ¿como consiguió su número?

-         Mi proceder es legitimo, estoy amparado por la potestad que me otorgó el municipio en el cual usted efectuó la contravención

-         Usted no es abogado es un mero cobrador, esto es una extorsión.

-         No se confunda señor, evite mayores prejuicios y cuide sus modales. Por lo pronto usted deberá depositar el monto especificado en la cuenta que le mencionamos en la notificación. De no contar con el depósito para el día martes, los costos de la reparación se incrementarán en forma considerable debida a costas y gestiones tercerizadas

-         Tercerizadas las pelotas, usurero hijo de puta…

 “Musica de espera” (Arjona “dime que no”)

 Un río de ácido me había quemado la garganta, perdí la voz y ante la impotencia de no ser escuchado se me impuso Arjona con sus rimas vulgares y sus lugares comunes refritados en aceite canceroso.

 -      Señor, disculpe la interrupción, debí atender un llamado mas importante.

-         Importante va a ser la patada en el culo que te voy a pegar. ¿Desde donde me estas llamando? cuervo hijo de puta, te voy a ir a buscar…

-         “Musica de Espera”

 …

Desperté. Todavía tenía los puños cerrados, con las uñas clavadas en las palmas. La ira generada por aquella ficción onírica se despejó luego de varias horas, cuando la mañana se terminaba.

Creí que todo se reduciría a un mal trago nocturno, pero me equivoqué. Ahora veo los papeles: la multa y la carta. No me importa si es justa o injusta, ya no pienso en mi contravención. Esos papeles ahora son documentos de una humillación, del secuestro de mi derecho de catarsis, de una ofensa con música en espera. La cólera renace si pienso demasiado. Irrespetuosos. Todavía reverbera el croar del juglar redundante. No voy a olvidarme nunca de lo que me hicieron anoche. No voy a pagar la multa.

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LA EXTINCION DE LOS LIBROS

Es un milagro que aún existan libros.  En el horizonte se vislumbra un mundo digital con interfaces novedosas y desmaterializaciones que aparentan un interés ecológico al evitar la tala de árboles.  La dinámica tecnológica se acelera y lo que un par de meses atrás generaba caídas de mandíbulas hoy se torna obsoleto.  Sin embargo, la lucha de los viejos y queridos libros físicos sigue siendo la misma. La tecnología no es una amenaza, o es la menor. La pelea de los libros es más feroz, más sangrienta, más desigual.  Los libros se enfrentan  con el destino exterminador, con la providencia maligna de un azar corrupto, una suerte atroz y de odios ocultos.  La naturaleza, tal vez encolerizada con las páginas delatoras, expuesta y desplazada del eje de la admiración humana por algunas letrillas reiteradas, pretende recuperar su papel de diva cautivadora por medio de acciones aniquiladoras. Pachamama ya no es la única que provoca admiración, el libro raptó a muchos de sus antiguos observadores y los ató a un sillón, junto a un té y luz artificial. La tecnología aprendió de nuestro secuestrador y procura hacer lo mismo, pero la naturaleza apunta a remover el origen de la fuga de admiradores, el libro debe desaparecer para dejar de desviar atenciones.

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La madre natura, una señora poderosa y de tetas grandes, acude a las casualidades intencionadas del azar. Nuestros libros preferidos serán víctimas posibles de chispas de carbón de  cualquier asador u hoguera cercana. Si optamos por limitar la manipulación a la biblioteca un llamado salvaje despertará a inesperados esbirros de la señora, corporeizados en niños, gatos orates, perros con pulsión oral, polillas e incluso amigos descuidados.  También abundarán líquidos derramados justo sobre aquel incunable que adoramos, goteras encima de la biblioteca, inundaciones, tornados, maremotos, terremotos y mudanzas por divorcio.

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En medio de todas las triquiñuelas destructoras siempre crecerá una amenaza paciente y traicionera, cuando creamos que nuestras obras están a salvo, cuando abracemos ese enorme volumen ajado y manchado, un aroma a muerte nos develará la tragedia, la humedad habrá avanzado hasta transformar el papel en pasta y hongos.

Así, solo nos queda la resignación. Cada libro destruido provoca una carcajada gutural, que festejan los animales y parece provenir desde el agujero de ozono. Es una lucha desigual. Es un milagro que aún existan libros.

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NUNCA DECIMOS NUEVE – Cuento

Hoy es un día especial. Creo que apreciarán estas breves palabras. Esperé hasta que llegara el último porque mi capacidad para escribir es magra pero mi esfuerzo fue mucho y deseo compartir estos recuerdos con todos ustedes.

- Para Rufino, a las nueve en punto y desde el sector nueve del cementerio, parta este homenaje:

Somos unos viejos enclenques, estamos en la pendiente final que nos amarga todo sabor. Sin embargo, pese a sufrir la decadencia natural, nuestro grupo nunca olvidó la risa. Al contrario, creo que nos alimentamos de ella. Hoy quedamos pocos pero seguimos reuniéndonos en el café del Polaco para discutir, ofuscarnos, contar chistes o recordar mil veces las mismas anécdotas.

Todos coincidirán en que el café es nuestro paraíso privado. Cualquier persona en este país tiene problemas, corre tras el billete humilde, pues la vida nunca fue fácil para los laburantes. Se suele afirmar que cada uno carga su cruz, pero nosotros, antes de entrar al café, dejamos las nuestras atadas afuera, como los cowboys a los caballos. Nos juntamos siempre en la misma mesa y ahí, fumando, nos reímos un rato y amarramos un poco al tiempo. Cada pucho que pasa nos parece el último y los disfrutamos, pese a las advertencias y los pulmones con silbido. Estamos rodando cuesta abajo, pero vivimos sin pensar en la bajada, simulamos que las cosas no han cambiado, que el mañana todavía es un interrogante. Es la única alternativa a las depresiones asesinas.

A veces creo que el Polaco sigue abriendo solo por nosotros. El lugar se cae a pedazos, cada vez hay menos clientes y la gente que entra se va muy rápido. Las mesas apenas se utilizan, todos los clientes toman un café de parado en la barra y se van corriendo como entraron. Los pibes de hoy viven apurados, siempre con el saco en la mano y la camisa transpirada. Además, parecen locos, hablando solos con el aparatito y con lentes oscuros noche y día.

No miramos a los que entran, ni ellos a nosotros, cada vez parecemos más ausentes. Por las mañanas, cuando me enfrento al espejo, creo verme un poco más transparente, los días me quitan consistencia, tal vez ustedes sientan lo mismo.

No nos queda otra alternativa que vivir en nuestro mundo de viejos. Creo que quedamos atrás, desubicados. No pudimos aprender a vivir en constante movimiento y como un arquero derrotado, quedamos a contra pierna. Es que somos una generación que necesita seguridad, demasiados sacudones nos dieron las guerras y los milicos. Atravesamos los extremos más espantosos.

Nos dedicamos a permanecer, a buscar la excusa para divertirnos un rato por día. No nos metemos con nadie y aunque todos tenemos alguna bronca escondida, la mantenemos guardada, porque en realidad no sabemos bien quien la provoca ni de dónde viene, es una furia hechas de restos, de sobras del pasado. Por eso lo mejor que tenemos es la risa, nada más; con algunas carcajadas subsistimos en medio de la podredumbre.

Hoy es un día importante, una jornada que rememora alegrías. En estas letras evoco a un amigo y recuerdo, una vez más, a la risa. Conmemoramos otro aniversario del fallecimiento de Rufino, “El gato” y en este caso la muerte sí se puede tomar a broma, es casi nuestra obligación. Es divertido recordarlo, a él y a su muerte.

Rufino era el estandarte de la risa en nuestra mesa, tenemos que admitir que desde el momento en que se fue ya no reímos tanto. No es el primero del grupo que se muere, pero el gato nos arrancó un poco de alegría a cada uno y se la llevó a la tumba. El viejo pícaro no quería corretear por los salones de la eternidad con cara de vinagre.

Le decíamos el gato porque tenía ojos maliciosos y era el más rápido para atrapar chistes en el aire o para dejar pasmado a cualquiera con sus respuestas instantáneas. Con él aprendimos a cuidarnos de las palabras, a pensar bien antes de hablar. Era un tipo que usaba cada opinión como un arma, podía asfixiarnos con nuestra propia lengua.

Recuerdo que algunos años antes de su muerte el gato se había puesto más callado, tenía una enfermedad ruin que lo consumía. Se agitaba por cualquier cosa, se ahogaba solo por hablar de corrido; Y aunque nunca abandonó la mesa, desde esos días dejó de intervenir en las discusiones. Para nosotros su presencia ausente era devastadora, triste, pero al mismo tiempo valorábamos su tozudez, el viejo luchaba solo por permanecer en la mesa, por mantener la amistad con nosotros y con el café.

Rufino cayó en una penumbra de silencio y creímos que se extinguiría para siempre, consumido en su mutismo. Sin embargo, tras dos o tres reuniones, descubrimos con alegría que nuestras suposiciones funestas eran equivocadas. Aún víctima de una aparente senilidad, el viejo mantuvo su influencia en la mesa. Con su imaginación de crío travieso se las ingenió para estar siempre presente, incluso hasta hoy.

El gato impuso un código fatal, y no puedo distinguir si este código es respetado por todo el mundo o solo por nosotros. No es demasiado difícil descubrir cuál es el origen de las rimas con los números, todos las conocemos, pero hay una en la que nunca se debe caer. El cero es “chupale las bolas al carnicero”, soportable; Cuatro ” chupale las bolas al gato”, redundante y casi infantil; Ocho “comé mierda con bizcocho”, tonto y muy antiguo; pero el Nueve es siniestro, terrible: “el culo te llueve”, está prohibido. El número cabalístico es el más ácido. Nadie puede tomar con humor que mencionen la existencia de humedad entre sus nalgas, o que hablen de su traste y lo califiquen como un “culo con precipitaciones”, es una humillación algo surrealista pero demasiado grotesca. Insoportable.

 El viejo Rufino, casi siempre silencioso, se dedicaba a mantener los oídos alerta y si alguien, en un trágico descuido, decía ese número, el gato interrumpía la charla y con tono burlón aplicaba la rima contundente: “el culo te llueve”. Era irresistible, todos lanzábamos risotadas burlonas, todos menos el rimado.

Aquella diversión personal del gato se transformó en un código del grupo. Hablábamos del nueve como “el que le robó uno al diez”, “cuatro más cinco”, “el que te moja atrás”, y otra inmensa cantidad de equivalentes o metáforas. Hasta el Polaco, cuando nos tenía que cobrar diecinueve, redondeaba para abajo o nos decía “son diez y lo que ustedes saben, muchachos”. Nadie podía cometer el error de pronunciar el número maldito.

Con el tiempo, el código se impuso como una ley hammurabica y si alguien transgredía la imposición tácita el grupo callaba sorprendido. Todos los de la mesa (incluso el condenado) forzábamos una pausa ceremoniosa esperando la reacción del viejo. Era su momento, se transformaba en un artista y siempre tenía preparada una cara distinta o una entonación graciosa destinada solo a dictar su rima-castigo, “El culo te llueve”.

En muchas ocasiones pensé que el código se había tornado molesto, exagerado. Aquel desgraciado que tenía el teléfono con nueve al final lo daba por escrito, si era necesario informar la hora a algún desconocido nos levantábamos para mostrarle el reloj o decíamos “ocho y cuarenta y cinco”, nunca “nueve menos cuarto”. Sí, era incómodo, pero el tema no se podía discutir, ¿cómo hacerlo sin ser víctima de la rima del viejo burlón? Aún hoy, sin Rufino entre nosotros, el nueve sigue prohibido (y mis palabras no son coartadas por un granizo de rimas y risotadas es debido al respeto por el homenaje)

La risa del gato nos va a perseguir para siempre, seguramente a ustedes, como a mí, les resulta imposible pronunciar el número sin sentir vergüenza. Tal vez nuestro último contacto con Rufino haya sellado el código para siempre, transformándolo en un rito sagrado. Incluso ayer, en el café, todos coincidimos en la misma confesión: en nuestras respectivas familias también impusimos el código del nueve. La verdad es que parecemos internos de un psiquiátrico. Respetamos un ritual pergeñado por un chiflado.

Cuando paso por el cementerio me asalta la duda, recuerdo a Rufino y vacilo entre agradecerle o insultarlo, viejo ladino. Hablo por todos al decir que lo extraño, no conocí a nadie con tanto sentido del humor.

El nueve de septiembre de mil novecientos noventa y nueve se murió, ¿coincidencia?, no lo creo. Pero no sería adecuado indagar en las formulas y métodos del gato, solo digamos que logró morirse justo aquel día. Al principio, entre lágrimas, pensamos en una casualidad mordaz, pero a Rufino lo velaban en la sala nueve, a las nueve de la mañana lo trasladaban al cementerio y su nicho está aquí, en el sector nueve.

Todavía recuerdo nuestras caras de desconcierto, admitamos que aquel día la rima nos resonó una y otra vez en la cabeza. El velorio empezó a las nueve de la noche y cuando fuimos a la funeraria el portero nos preguntó que sala buscábamos. Nadie respondió, entramos en silencio y simulando sordera. Es tiempo de confesar que todos creímos ver un rictus de risa en la cara del tipo, su gesto rígido, de custodio, se había desparramado hasta tomar la forma de en un hocico burlón. Todos lo vimos pero nadie dijo nada, callamos humillados.

El viejo, antes de dejarse morir, tuvo un arduo trabajo. Lo debe haber realizado con su risita de villano simpático. Desde ese día, todos los nueve de septiembre repetimos este homenaje sin miedo a decir nueve y le regalamos al viejo una oportunidad más de gritarnos con fuerza “el culo te llueve“. Su voz desde ultratumba no tiene ecos funestos ni advertencias malignas, es un chillido agudo que repite “el culo te llueve”” y resuena burlón, empeorando el dolor de los traidores del noveno círculo del hades y mojando la oreja de los poderosos custodios del noveno cielo

Doy fin a este homenaje y libero un nueve al azar, listo para que el gato lo cace con sus garras veloces y lo disfrute. Porque deseamos marcharnos felices como él, por eso recordamos su muerte. Es extraño recordar permanentemente el funeral de un amigo, pero el de Rufino fue especial, una broma maravillosa. Coincidimos en que aquel día, ninguno de nosotros se acercó demasiado al ataúd. No hacía falta verlo, todos sabíamos que Rufino aún reía.

Gracias, Gato querido.

no9

GANARAS EL PAN

Hay días en los que reflexiono sin ataduras y con extensión (para no jactarme en vano de “profundidad) acerca del trabajo, del mío. Estas reflexiones resultan peligrosas para mi vida en sociedad. Cuando analizo “el trabajo”, mi actividad laboral, nada vocacional y dirigida a comprar el tiempo y la paz económica – mental para dedicarme a la literatura, termino con el ánimo desencantado. Luego de mis indagaciones en anhelos y experiencias rutinarias termino expresando, en cada diálogo, que ” yo podría vivir perfectamente sin trabajar“. Muchas veces, luego de esa frase, caen sobre mí puniciones, condenas y reprensiones. Mi aclaración posterior de que “solo trabajo por dinero” no apacigua ánimos ofuscados, sino que enciende nuevas cóleras.

¿Soy un vago, tengo alma de burgués acomodado, pretendo arrasar con las bases económicas y sociales de la civilización moderna, denigro el valor supremo del trabajo y su poder dignificador?

No sé.

Solo sé que podría vivir en extrema felicidad y realizándome al extremo sin trabajar.

Quizá la espantosa expansión del hambre y la exclusión haya derivado en la consideración del trabajo como un bien supremo, como una actividad sagrada y tal vez por eso mi expresión genere cólera. Posiblemente sea un egoísta que despotrica por tener que entregar parte de su tiempo para el bien de la sociedad a cambio de monedas. Es que el tiempo vale más.

Al mismo tiempo tengo la sensación de que mi expresión genera temor a aquellos que no soportan el ocio, que no encuentran sentido al tiempo sin actividad obligada. Los comprendo, pero en mi caso, el ocio sería mucho más rico que la agenda laboral. Las actividades del ocio completan los renglones de mi alma, de mi felicidad, de mis experimentos con la vida.

En fin, tampoco vale la pena hacer tanta alharaca por una simple expresión, no creo que muchos se unan en ese pensamiento hasta llevarlo a la acción, no espero la revolución del ocio, ni multitudes proclamando el fin del trabajo. Sin embargo, a veces sueño con la posibilidad de elegir, recreo la utopía de hacer funcionar una sociedad cumpliendo funciones y roles elegidos por cada individuo. Es solo un ronquido de Tomás Moro. Elegir todo es para unos pocos afortunados, los demás apenas podemos vivir y elegir nimiedades, y muchos, muchísimos, solo pueden elegir la forma de morir.

Soltáme che

Coplita de un punga viejo

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Me miro a un espejo
que esta todo quebrado
se me refleja un viejo
los años han pasado

En tren o en colectivo
ya no puedo punguear
porque apenas subo
me obligan a sentar

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Me paso sin robar
sin manotear bolsillos
porque si hay que rajar
me duelen los tobillos

No robo en el mercado
no afano en las veredas
la artritis me ha frustrado
mis manos son dos piedras

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Lo dijo un viejo loco
que me encontré en un baño
todo es culpa de cronos
que nos punguéa los años

Voy a buscar a cronos
dicen que vive cerca
se va comer el plomo
de mi vieja escopeta

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Acá en la residencia
me aburro en una silla
pero uso mi experiencia
para robar papilla

Tuve mucho dinero
gracias a mi destreza
ahora solo espero
y me gana la pereza

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Cuando venga la parca
la tendre que enfrentar
me subiré a su barca
para intentar punguear

Los muertos no se llevan
billeteras al cielo
pero monedas quedan
para este pobre abuelo

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

Yo voy a meter mano
aún puedo probar suerte
tal vez robe algún año
del bolso de la muerte

Ahora apenas vivo
tengo la espada encima
por no aburrirme escribo
y pungueo un par de rimas

Cronos, conchitumá
ya soy un nono, conchitumá

carterista-punga

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