Hace unos días interrumpí la confección de un cuento por culpa de una frase. No es raro, he abandonado decenas de cuentos a medio parir a causa de frases anudadas o debido a la torpeza para expresar en el papel situaciones argumentales perfectamente resueltas en mi cabeza.
A esta altura, resignado a haber producido solo un nuevo bollo de papel, aprovecho para rescatar la frase y jugar con ella un rato. Sin intenciones, ni capacidad para exponer reflexiones teóricas acerca del grado cero de la escritura y su ruptura, la utilización literaria del adjetivo, la censura previa de la cópula verbal o el suicidio de los morfemas, solo pretendo merodear alrededor de la subjetividad al momento de escribir y, de paso, divertirme.

La frase inicial es:
Era hora de trabajar. Juan caminó hasta los algodoneros.
Si solo hubiese mencionado que “Juan caminó hasta los algodoneros” el universo de posibles interpretaciones (de no contar con otra información contextual) se agiganta demasiado:
- Juan quiere conocer los algodoneros.
- Juan paró, en un viaje, y en búsqueda de un sitio para orinar se acercó a los algodoneros.
- Juan es el patrón, que quiere controlar a los que trabajan en los algodoneros.
- Juan va a fotografiar a los algodoneros
- Juan vio algo que le llamó la atención y camino hasta los algodoneros
Y miles de etcéteras posibles.
Por lo tanto la frase es:
Era hora de trabajar. Juan caminó hasta los algodoneros.
Quiero dejar en claro, del modo menos ambiguo posible, que Juan trabaja en la cosecha de algodón.

Podría haber optado por otro orden:
Juan caminó hasta los algodoneros, era hora de trabajar.
Pero preferí la primera opción para destacar que Juan iba a trabajar como consecuencia del horario, quizá destacando un poco el carácter obligatorio del trabajo. Juan fue a trabajar porque era hora, no había otra motivación.
Para agregar una imagen que ayude a mostrar que a Juan no le agrada su trabajo escribí la frase así:
Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros.
Y para intentar connotar un poco más el sacrificio de Juan en la cosecha agregué un atributo a los algodoneros:
Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos.
Así está bien, pensé. Pero tras releer la frase pensé en dotar a los algodoneros de un carácter un poco más profundo. Quizá un adjetivo que los relacione al mundo humano, al arduo trabajo, a la explotación. Por supuesto, debería “acumular” dos adjetivos, grave pecado. Pero aunque “pinchudos” dice algo que quiero decir, no basta. La frase quedó así:
Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos, malditos.
Ahora hay dos adjetivos alineados pero uno habla de la planta, otro del mundo que hay alrededor de la planta. Los necesito a los dos.

Solo por ánimo de ensayar alternativas, jugué con algunos adjetivos más:
Era hora de trabajar. El pobre Juan se desplazó, arrastrando sus miembros inferiores, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos.
Un exceso. Creo que la frase pierde fuerza y hay términos que sobran.
Antes de borrar jugué un poco más y me puse técnico:
Era hora de ir al jornal. El indigente Juan se desplazó, arrastrando sus miembros inferiores, hasta los nacarados gossypiums herbaceums, espinosos, inicuos.
Un espanto. Quizá en otro contexto funcione, pero esta construcción no me agradó.
En reacción a tecnificación y adjetivaciones podé todo y me vulgaricé un poco:
A laburar. Juan caminó, a las puteadas, hasta los algodoneros.
Creo que no quedó tan mal, pero no es lo que yo buscaba. En caso de usar esta frase me vería obligado a pensar de la misma manera todas las demás y temo que la vulgaridad en todo el cuento quede algo artificial, forzada. De todos modos no estaría mal probar.
Para forzar los límites y enardecer a los cultores fanáticos de talleres literarios me ensaño con los adjetivos:
El sol, patrón cruel, le ordenó levantarse para trabajar. El pobre Juan, legañoso y con el estómago hirviendo, caminó, arrastrando los pies, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos.
Y puede ser peor:
El astro rey, patrón impiadoso, gritó la orden de despertar, era hora de trabajar. El pobre Juan, legañoso, con su estómago hirviendo y vacío, caminó, arrastrando sus pies amoratados, hasta los blancos algodoneros pinchudos, malignos, nubes de un cielo de pesadillas.
Si, parece un edificio rococó, un ornamento que de tanto mostrar no permite ver nada. Sin embargo, el jugueteo con las palabras me mostró un par de alternativas que se podrían analizar:
- La aparición del sol en reemplazo de la hora, como elemento natural, quizá más acorde al contexto de cuento.
- El tema del hambre, elemento para analizar, quizá para otra frase.
- La metáfora “nubes de un cielo de pesadilla”. Material para reciclar o, al menos, para no desechar tan rápido.
En fin. Me pasé las horas retorciendo una frase, mareándola de tanto dar vueltas y no escribí nada. Quizá ese sea el problema del cuento, su exigencia, sus alternativas, su mecanismo de palancas secretas en el que cada modificación abre puertas inesperadas. Admito que me divertí, pero al fin de cuentas solo me queda una frase llena de dudas:
Era hora de trabajar. Juan caminó, arrastrando los pies, hasta los algodoneros pinchudos, malditos.