Hoy es un día especial. Creo que apreciarán estas breves palabras. Esperé hasta que llegara el último porque mi capacidad para escribir es magra pero mi esfuerzo fue mucho y deseo compartir estos recuerdos con todos ustedes.
- Para Rufino, a las nueve en punto y desde el sector nueve del cementerio, parta este homenaje:
Somos unos viejos enclenques, estamos en la pendiente final que nos amarga todo sabor. Sin embargo, pese a sufrir la decadencia natural, nuestro grupo nunca olvidó la risa. Al contrario, creo que nos alimentamos de ella. Hoy quedamos pocos pero seguimos reuniéndonos en el café del Polaco para discutir, ofuscarnos, contar chistes o recordar mil veces las mismas anécdotas.
Todos coincidirán en que el café es nuestro paraíso privado. Cualquier persona en este país tiene problemas, corre tras el billete humilde, pues la vida nunca fue fácil para los laburantes. Se suele afirmar que cada uno carga su cruz, pero nosotros, antes de entrar al café, dejamos las nuestras atadas afuera, como los cowboys a los caballos. Nos juntamos siempre en la misma mesa y ahí, fumando, nos reímos un rato y amarramos un poco al tiempo. Cada pucho que pasa nos parece el último y los disfrutamos, pese a las advertencias y los pulmones con silbido. Estamos rodando cuesta abajo, pero vivimos sin pensar en la bajada, simulamos que las cosas no han cambiado, que el mañana todavía es un interrogante. Es la única alternativa a las depresiones asesinas.
A veces creo que el Polaco sigue abriendo solo por nosotros. El lugar se cae a pedazos, cada vez hay menos clientes y la gente que entra se va muy rápido. Las mesas apenas se utilizan, todos los clientes toman un café de parado en la barra y se van corriendo como entraron. Los pibes de hoy viven apurados, siempre con el saco en la mano y la camisa transpirada. Además, parecen locos, hablando solos con el aparatito y con lentes oscuros noche y día.
No miramos a los que entran, ni ellos a nosotros, cada vez parecemos más ausentes. Por las mañanas, cuando me enfrento al espejo, creo verme un poco más transparente, los días me quitan consistencia, tal vez ustedes sientan lo mismo.
No nos queda otra alternativa que vivir en nuestro mundo de viejos. Creo que quedamos atrás, desubicados. No pudimos aprender a vivir en constante movimiento y como un arquero derrotado, quedamos a contra pierna. Es que somos una generación que necesita seguridad, demasiados sacudones nos dieron las guerras y los milicos. Atravesamos los extremos más espantosos.
Nos dedicamos a permanecer, a buscar la excusa para divertirnos un rato por día. No nos metemos con nadie y aunque todos tenemos alguna bronca escondida, la mantenemos guardada, porque en realidad no sabemos bien quien la provoca ni de dónde viene, es una furia hechas de restos, de sobras del pasado. Por eso lo mejor que tenemos es la risa, nada más; con algunas carcajadas subsistimos en medio de la podredumbre.
Hoy es un día importante, una jornada que rememora alegrías. En estas letras evoco a un amigo y recuerdo, una vez más, a la risa. Conmemoramos otro aniversario del fallecimiento de Rufino, “El gato” y en este caso la muerte sí se puede tomar a broma, es casi nuestra obligación. Es divertido recordarlo, a él y a su muerte.
Rufino era el estandarte de la risa en nuestra mesa, tenemos que admitir que desde el momento en que se fue ya no reímos tanto. No es el primero del grupo que se muere, pero el gato nos arrancó un poco de alegría a cada uno y se la llevó a la tumba. El viejo pícaro no quería corretear por los salones de la eternidad con cara de vinagre.
Le decíamos el gato porque tenía ojos maliciosos y era el más rápido para atrapar chistes en el aire o para dejar pasmado a cualquiera con sus respuestas instantáneas. Con él aprendimos a cuidarnos de las palabras, a pensar bien antes de hablar. Era un tipo que usaba cada opinión como un arma, podía asfixiarnos con nuestra propia lengua.
Recuerdo que algunos años antes de su muerte el gato se había puesto más callado, tenía una enfermedad ruin que lo consumía. Se agitaba por cualquier cosa, se ahogaba solo por hablar de corrido; Y aunque nunca abandonó la mesa, desde esos días dejó de intervenir en las discusiones. Para nosotros su presencia ausente era devastadora, triste, pero al mismo tiempo valorábamos su tozudez, el viejo luchaba solo por permanecer en la mesa, por mantener la amistad con nosotros y con el café.
Rufino cayó en una penumbra de silencio y creímos que se extinguiría para siempre, consumido en su mutismo. Sin embargo, tras dos o tres reuniones, descubrimos con alegría que nuestras suposiciones funestas eran equivocadas. Aún víctima de una aparente senilidad, el viejo mantuvo su influencia en la mesa. Con su imaginación de crío travieso se las ingenió para estar siempre presente, incluso hasta hoy.
El gato impuso un código fatal, y no puedo distinguir si este código es respetado por todo el mundo o solo por nosotros. No es demasiado difícil descubrir cuál es el origen de las rimas con los números, todos las conocemos, pero hay una en la que nunca se debe caer. El cero es “chupale las bolas al carnicero”, soportable; Cuatro ” chupale las bolas al gato”, redundante y casi infantil; Ocho “comé mierda con bizcocho”, tonto y muy antiguo; pero el Nueve es siniestro, terrible: “el culo te llueve”, está prohibido. El número cabalístico es el más ácido. Nadie puede tomar con humor que mencionen la existencia de humedad entre sus nalgas, o que hablen de su traste y lo califiquen como un “culo con precipitaciones”, es una humillación algo surrealista pero demasiado grotesca. Insoportable.
El viejo Rufino, casi siempre silencioso, se dedicaba a mantener los oídos alerta y si alguien, en un trágico descuido, decía ese número, el gato interrumpía la charla y con tono burlón aplicaba la rima contundente: “el culo te llueve”. Era irresistible, todos lanzábamos risotadas burlonas, todos menos el rimado.
Aquella diversión personal del gato se transformó en un código del grupo. Hablábamos del nueve como “el que le robó uno al diez”, “cuatro más cinco”, “el que te moja atrás”, y otra inmensa cantidad de equivalentes o metáforas. Hasta el Polaco, cuando nos tenía que cobrar diecinueve, redondeaba para abajo o nos decía “son diez y lo que ustedes saben, muchachos”. Nadie podía cometer el error de pronunciar el número maldito.
Con el tiempo, el código se impuso como una ley hammurabica y si alguien transgredía la imposición tácita el grupo callaba sorprendido. Todos los de la mesa (incluso el condenado) forzábamos una pausa ceremoniosa esperando la reacción del viejo. Era su momento, se transformaba en un artista y siempre tenía preparada una cara distinta o una entonación graciosa destinada solo a dictar su rima-castigo, “El culo te llueve”.
En muchas ocasiones pensé que el código se había tornado molesto, exagerado. Aquel desgraciado que tenía el teléfono con nueve al final lo daba por escrito, si era necesario informar la hora a algún desconocido nos levantábamos para mostrarle el reloj o decíamos “ocho y cuarenta y cinco”, nunca “nueve menos cuarto”. Sí, era incómodo, pero el tema no se podía discutir, ¿cómo hacerlo sin ser víctima de la rima del viejo burlón? Aún hoy, sin Rufino entre nosotros, el nueve sigue prohibido (y mis palabras no son coartadas por un granizo de rimas y risotadas es debido al respeto por el homenaje)
La risa del gato nos va a perseguir para siempre, seguramente a ustedes, como a mí, les resulta imposible pronunciar el número sin sentir vergüenza. Tal vez nuestro último contacto con Rufino haya sellado el código para siempre, transformándolo en un rito sagrado. Incluso ayer, en el café, todos coincidimos en la misma confesión: en nuestras respectivas familias también impusimos el código del nueve. La verdad es que parecemos internos de un psiquiátrico. Respetamos un ritual pergeñado por un chiflado.
Cuando paso por el cementerio me asalta la duda, recuerdo a Rufino y vacilo entre agradecerle o insultarlo, viejo ladino. Hablo por todos al decir que lo extraño, no conocí a nadie con tanto sentido del humor.
El nueve de septiembre de mil novecientos noventa y nueve se murió, ¿coincidencia?, no lo creo. Pero no sería adecuado indagar en las formulas y métodos del gato, solo digamos que logró morirse justo aquel día. Al principio, entre lágrimas, pensamos en una casualidad mordaz, pero a Rufino lo velaban en la sala nueve, a las nueve de la mañana lo trasladaban al cementerio y su nicho está aquí, en el sector nueve.
Todavía recuerdo nuestras caras de desconcierto, admitamos que aquel día la rima nos resonó una y otra vez en la cabeza. El velorio empezó a las nueve de la noche y cuando fuimos a la funeraria el portero nos preguntó que sala buscábamos. Nadie respondió, entramos en silencio y simulando sordera. Es tiempo de confesar que todos creímos ver un rictus de risa en la cara del tipo, su gesto rígido, de custodio, se había desparramado hasta tomar la forma de en un hocico burlón. Todos lo vimos pero nadie dijo nada, callamos humillados.
El viejo, antes de dejarse morir, tuvo un arduo trabajo. Lo debe haber realizado con su risita de villano simpático. Desde ese día, todos los nueve de septiembre repetimos este homenaje sin miedo a decir nueve y le regalamos al viejo una oportunidad más de gritarnos con fuerza “el culo te llueve“. Su voz desde ultratumba no tiene ecos funestos ni advertencias malignas, es un chillido agudo que repite “el culo te llueve”” y resuena burlón, empeorando el dolor de los traidores del noveno círculo del hades y mojando la oreja de los poderosos custodios del noveno cielo
Doy fin a este homenaje y libero un nueve al azar, listo para que el gato lo cace con sus garras veloces y lo disfrute. Porque deseamos marcharnos felices como él, por eso recordamos su muerte. Es extraño recordar permanentemente el funeral de un amigo, pero el de Rufino fue especial, una broma maravillosa. Coincidimos en que aquel día, ninguno de nosotros se acercó demasiado al ataúd. No hacía falta verlo, todos sabíamos que Rufino aún reía.
Gracias, Gato querido.
